¿Hay algo peor que un mal verano?
Leo a Carrère. Cada tanto me paro a reflexionar. Unos pensamientos me llevan a otros, que nada tienen que ver entre sí. Me llama la atención esta frase del libro: “Una visita siempre agrada, si no cuando llega, al menos cuando se va”. La traslado a otro contexto. ¿A cuántas personas habré agradado por irme de sus vidas? ¿Cuántas buscan la excusa perfecta para poder perderme de vista?
No le doy muchas vueltas. Pienso en lo que queda de verano. En que yo tenía planeado viajar solo a República Dominicana (ahora me arrepiento de no haberlo hecho, aunque quizá hubiese resultado algo descafeinado). Me vienen a la mente esas tardes después de todo el día en la playa, volver a casa, algo aletargado, una ducha, un cóctel, elegir camisa, unas gotas de perfume y salir a bailar el agua a alguna sirena. Para mí, eso es el verano. Disfruto mucho el momento antes de. Las expectativas. Las horas previas a la final de Champions de tu equipo. El momento antes de la cita con la chica que te gusta. Los días antes de irte de vacaciones.
Ni mi equipo jugará la final de Champions este año ni yo tendré esta noche una cita con la chica que me gusta. No hay finales felices para hombres como yo. Escribo esto desde un restaurante frente al mar, en Croacia. Pido la cuenta y, cuando el camarero me pregunta qué tal ha estado, le dejo entrever que el cóctel esta vez (espero) les ha salido como jugar una final de Champions con un portero sin brazos. Como cuando la chica a la que amas te rompe el corazón. Como cuando vuelves a la realidad después de las vacaciones. Seguro que le habrá agradado mi visita.